Cuando tienes tu propio hogar, tu propio lugar que armaste con cariño y esfuerzo, tu proyecto, es muy rico poder compartirlo con tu familia y seres queridos. Es una forma de compartir tu vida con ellos. De darte a conocer y conocerlos.
Al armar Buganvilia siempre lo hicimos considerando que podrían visitarnos nuestras familias y amigos. Sabíamos que existía el factor pandemia, que esta podía mantenerse o mejorar y hacer posible las visitas o empeorar. De todas formas intentamos ser positivos, atraer lo que queríamos que ocurriera y a la vez que armábamos nuestro barco para ser un transatlántico, quisimos hacerlo un lugar cómodo y entretenido para cuando nos vinieran a visitar.
Llegamos al Caribe justo en el momento en que las medidas se empezaban a poner más estrictas. Un mes antes de llegar las islas de las Antillas estaban sin muchas restricciones para viajeros, pero apenas llegamos estas empezaron a empeorar y empeorar, tanto así que nuestras planificaciones de navegaciones ya no solo consideraban los vientos, mareas, presiones, millas náuticas y lo común, si no que ahora gran parte de ellas era evaluar las nuevas restricciones por la pandemia y ver a qué isla nos convenía navegar.
Junto a eso en Chile cerraron las fronteras para salir y entrar. Se puso muy difícil el tema. Ya nadie nos vendría a ver. ¡Todo esto sin llorar! Pues éramos los afortunados que habíamos alcanzado a salir, a viajar y estábamos cumpliendo un sueño, esquivando estratégicamente algunas restricciones y asumiendo con la mejor actitud otras.
Estando lejos y viendo tan difícil la posibilidad de alguna visita, empezamos a echar de menos. Sobre todo en las largas navegaciones, que dan para pensar y recordar tanto. Otro navegante por ahí me dijo que era imposible no volverse un poco loca, o loco, si has navegado tantas horas y largas distancias. Uno pasa muchas horas solo/sola, rodeado de un mar infinito, azul profundo u oscuridad, con el ruido del viento y el agua retumbando en la cabeza, creando un espacio para dejar volar los pensamientos. En esos largos turnos sola en el cockpit tuve tiempo e inspiración para pensar en millones de cosas y una de esas fue mi familia. Tengo una familia grande, con muchos hermanos y cuando uno se aleja, la marca de esto se hace sentir. Pensaba en distintos momentos juntos, en lo afortunada que era de tenerlos, en lo que me gustaría compartir un pedacito de esto con ellos, me daba curiosidad qué pensarían si estuvieran ahí, que comentaría cada uno. Que ganas de poderles explicar lo que estoy viviendo, pensaba, pero es imposible que pueda explicarlo bien. Que ganas de que vinieran y pudieran vivir un poquito de esta vida a bordo en un barco a vela, una vida que me tiene tan enamorada.
En un momento dado ya quise asumir que no vendría nadie y así si alguien venía me sorprendería pero no me desilusionaría el que no pudieran venir por más restricciones. Y ahí quedaron las camas esperando a sus huéspedes sin perder la fe.
Finalmente, después de casi nueve meses a bordo, muchas fronteras, muchos mares, dos continentes e incontables horas de turno a la mar, una de mis hermanas me dijo que estaba comprando el pasaje para subirse a bordo donde estuviéramos. ¿Ansiedad? ¡A las nubes! Cuando me lo contó no quería ni hablar del tema para no ilusionarme, además soy de no hablar de las cosas que quiero que pasen para que ocurran.
Resultó. Nos encontramos en nada mas y nada menos que Bonifacio.
Mi agradecimiento hacia ella por venir es gigantesco.
Aquí les dejo el video de este gran día para Sailing Buganvilia.
Buenos vientos y buganvilias,
La Contramaestre,
De Sailing Buganvilia.


